De Profundis

 

UN RELATO DE ANA VAULTRIN

“Todos vivimos en las cloacas, pero algunos miramos las estrellas”. Oscar Wilde

 

Si pudieras verte como yo te estoy viendo ahora anclado en la otra orilla, más allá del edén desarbolado de tus sueños, de la memoria perdida, y de ese dolor profundo que te ahoga, mientras te sientas abrumado cada tarde en la puerta de tu casa a esperar agotado que tu vida cambie. Si pudieras ver por un segundo tu alma, desmantelada y oscura con el paso del tiempo, podrías darte cuenta tú solo de que el único milagro que esperas anhelante ya ha llegado y está en ti, porque ese milagro eres tú mismo. Tú, que regresaste derrotado al lugar exacto para encontrar un poco del sosiego que buscabas antaño.

Si tan sólo por un instante pudieras recuperar tu sitio, tus libros ya gastados y tus viejas canciones de siempre, tu rincón preferido de aquel parque próximo a tu casa, donde los álamos sabían devolverte la inocencia que se te extravió sin querer con los años, entonces, tú mismo serías capaz de encontrar el verdadero significado de las cosas y el motivo que te ha devuelto otra vez hasta aquí, malherido y cansado. Y quizás, dejarías para siempre esa tristeza que trajiste contigo en tu último viaje, y que siempre te acompaña, y pintarías en tus labios marchitos una sonrisa amplia como el propio arcoíris, para disimular con ella los terribles errores del pasado.

Si consiguieses olvidar solo por un instante las calles desiertas de la ciudad, y borrar definitivamente de tu cabeza aquellos duros recuerdos que desde entonces te atormentan, y que regresan a ti cada noche: el viento golpeando violentamente las puertas y cristales de las ventanas, aquellos rostros que se quedaron en el camino y el recuerdo de todos los que ya no están. Si pudieras al menos por un momento olvidarlos, descubrirías entonces el enorme poder que encierras dentro de tu alma, porque solamente tú eres el único capaz de convertir aquellas impactantes fotografías en blanco y negro en el testimonio de una generación olvidada y perdida, donde los ideales podían costarles la vida. Y así podrías seguramente recuperar aquellas manos vacías, que antaño fueron capaces de albergar entre sus dedos un universo de caricias, caricias que ahora yacen dormidas allí donde los muertos descansan en paz. Y recuperar así la compasión que aún pueda quedarte entre los dedos, al contemplar el retrato guardado de aquella muchacha rubia que te besó por primera vez, y de la que te enamoraste adolescente una de aquellas noches calurosas de verano.

Si pudieses verte ahora, tal y como yo te recuerdo, tumbado en aquel desgastado sofá marrón, escuchando en un viejo tocadiscos un puñado de canciones de Yanis Llopis entre las bocanadas de humo de un cigarro rubio, y mientras alguno de nosotros recitaba unos versos de Walt Whitman, convencidos de que con ellos podíamos cambiar el mundo, volverías nuevamente a sentir la emoción resbalando por tu frente, recuperando de inmediato las ganas de seguir adelante. Como si por un extraño sortilegio pudiésemos regresar nuevamente al pasado, a las caladas de cigarro compartidas mientras escuchábamos el “Himno al amor” de Edith Piaf en aquella habitación de casa de tus padres.

Así podrías saber lo que yo sentí al verte la primera vez. Cuando descubrí unos ojos grandes y dulces cargados de complicidad que dibujaban sombras a contraluz. Aquella primera vez en la que yo me detuve a contemplarte sorprendida, mientras tú me gritaste en silencio que te ayudase a combatir la rabia, el coraje que mucho tiempo después intentó desesperado poner fin a tu vida. El último día de tu vida que tú mismo decidiste que fuera miércoles y que amaneciese completamente nublado y gris.

Si pudieras examinarte ahora a ti mismo, a aquel muchacho serio y tímido de barrio que estudiaba medicina y que soñaba con destinos y con misiones imposibles, y reconocerte de nuevo en cada herida, en cada arruga, en cada cicatriz que la vida te ha pintado en la piel, te pondrías orgulloso otra vez frente al espejo, el mismo espejo que ahora te devuelve impasible la imagen del hombre oscuro en el que te has convertido, y así podrías recuperar tu verdadera identidad y a los viejos amigos de siempre que nos quedamos esperando tu vuelta.

Si pudieses notar por un instante ese profundo olor a lluvia que tiene hoy la ciudad, en este momento volverías nuevamente a ser tú. Tú, que nos enseñaste a todos como era realmente el mundo. Es verdad que todo ha cambiado mucho desde entonces. Las calles han envejecido lentamente y las farolas ya no alumbran los bancos de madera vacíos, pero eso apenas nos importa ahora. Porque ya no permanecemos anclados en la otra orilla de los sueños esperando a que baje la marea, ni dentro de aquella esfera redonda, que dibujamos juntos en penumbra. Una aureola luminosa se alzó de pronto por encima de nuestras cabezas, pobladas hasta entonces de errores y contradicciones, y en ese instante fuimos capaces de comprender la verdad. La única verdad por la que todos nosotros estamos aquí.

El negro sombrío de la noche nos trae cada día la nostalgia del aquel tiempo que fue para nosotros un refugio. De aquella oscuridad que nos tapaba los ojos cada vez que nos perdía el desamor. Cuando creyéndonos inmortalmente jóvenes, desafiábamos atrevidos a la propia muerte con el arma letal de la palabra. Esa voz engrandecida que levantábamos soñadoramente hacia el cielo para cantarle al amor y al dolor también, acompañada de unos amargos acordes de una vieja y olvidada guitarra. Aunque ahora parezca que nuestras gargantas se callaron para siempre el día que solo pudieron emitir unos cuantos gritos mudos. Unas cuantas mentiras disfrazadas que nos guardamos un día en los bolsillos. Que ya sabes que la luna reflejada en el mar siempre fue una poderosa razón para emprender el camino de vuelta.

Si pudieses creer nuevamente en nosotros, en el amor, y despertarte por la noche, en la cama de tu habitación recordando los viejos abrazos compartidos con quienes alguna vez confiamos en ti, quizás recuperases de inmediato las ganas de quedarte, la esperanza y la fe. Que aunque ahora pienses lo contrario, nunca has estado completamente solo, porque siempre estuvimos junto a ti apoyándote.

Mírame fijamente a los ojos un instante más y dime con sinceridad si reconoces a aquella rubia muchacha adolescente que pretendía conquistar el mundo a base de versos. Aquella del poncho negro y el sombrero de fieltro gris, que pasaba ilusionada las páginas tristes de su vida, con unos bellos poemas de Mario Benedetti en las manos, y un puñado de dulces canciones de Silvio Rodríguez, comprometidas y reivindicativas. La misma que descubrió prematuramente el desamor, mientras buscaba equivocada gorriones en un puñado de ojos grises. La que vagaba por el mundo con un viejo bolso de tela y una guitarra colgada de la espalda, buscando en la letra de una canción algo que le ayudase a perderse definitivamente o a encontrarse para siempre. ¿La ves? ¿Acaso es la misma mujer que tuviste tantas veces en tus brazos en aquel gastado sofá de aquella casa a la que ibas a estudiar, y donde ella te acompañaba porque no querías estar solo? ¿La misma que cuando te ibas una buena temporada se quedaba llorando pensando que no iba a volver a verte nunca más?

Aquella mujer se fue para siempre de tu vida y también de la mía. De ella sólo queda el viejo sombrero abandonado y colgado en un perchero, la guitarra rota que descansa en un rincón de un cuarto olvidado, y un libro inédito de poemas que jamás verán la luz, porque ya no tienen sentido alguno. Aunque cuando se escribieron eran las letras de las canciones más hermosas que se hayan compuesto nunca. Eso es todo. No queda nada más de la muchacha que se entregó a ti convencida de ofrecerte su vida, sin saber siquiera que valor podía tener su vida en aquel momento.

Levántate entonces de esa silla en la que te sentaste abrumado esperando un milagro y arráncate, de una vez por todas, los malos pensamientos que durante años te han perseguido. Y empieza de repente a vivir con la misma urgencia y con la misma intensidad con la que aprendiste a quererme. Quizás aún estemos a tiempo de recuperar el tiempo perdido. Porque sólo tú tienes el poder que tantas veces has buscado en los demás, y porque sólo a ti te corresponde decidir sobre ti mismo. Tú, que te reconoces en las personas y en los objetos que un día amaste. Tú, que eres el principio de un futuro incierto, y el final de un pasado angustioso y perdido. Tú que un día aprendiste con nosotros que solo el amor nos puede salvar de los errores y de los malos pensamientos, y que solo el amor nos devuelve las cenizas de una memoria destronada y perdida. Y aunque el último de tus recuerdos sea el de un pobre corazón, solitario y roto que de pronto se para en la orilla del mar, y se pone a llorar.

IMG_0300Relato publicado en “Malgré tout”. Ana Vaultrin 2012

Foto: Alicia Duque. 2017

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